lunes, agosto 27, 2012

Lo perfecto de lo imperfecto

¿Te imaginas caminando un tramo infinito, en una ciudad pintada de un solo color, sin ningún huequito en la pista, sin ningún charquito sucio que esquivar; un tramo largo donde no hayan hombres de construcción irrespetuosos, donde no hayan autos que te despierten del letargo de un solo bocinazo?
Yo si me lo imagino, y pienso que mi andar por ese camino seria muy parecido al de un alma en pena condenada a recorrer esta senda hasta quedar con ampollas en los pies. A quedar sin pies.

Hay muchas ciudades que destacan por la majestuosidad y pulcritud de sus edificaciones, ciudades hermosas habitadas por gente, con educación distinta a la de unos pueblos lejanos en "vias de desarrollo", pero cada ciudad tiene su encanto, y el encanto de las que están por estas latitudes es la adrenalina, el día a día ese instinto de supervivencia curtido, acompañada de ese sentimiento de "por fin!" al estar finalmente empijamado sobre tu cama. Dicen que los peruanos a diferencia de personas de otras culturas como la oriental (metódicas desde hace siglos), disfrutamos el día a día... nos damos tiempo para bañarnos relajándonos un rato largo, desayunar lo que en casa te puedan o te puedas hacer, o en todo caso arreglártelas en algún carrito de la esquina pero siempre desayunar, tener algo en la panza así esos valiosos cinco minutos de emoliente mas pancito al paso te cuesten una tardanza más, te das tiempo para esperar el metropolitano que viene vacío, te das tiempo para llegar a tu trabajo y acomodarte antes de empezar la jornada, incluso muy orondo haces sobremesa, todos estos son lujos aunque no lo parezcan, lujos de una sociedad lenta y aletargada, una blasfemia casi para cualquier obrero japonés.

Es lo bonito de tener una sociedad que no funciona como las manecillas de un reloj suizo, esta sociedad latina hija de las excusas, de los retrasos.

Lujos de un pueblecillo lejano, y rabioso pero acogedor.


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